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Una
Propuesta de Dolarización para Argentina Steve
Hanke y Kurt Schuler Steve
Hanke es Profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Johns Hopkins y
un investigador asociado del Cato Institute. Kurt Schuler es un consultor
monetario localizado en Arlington, Virginia. Este estudio apareció por
primera vez en “Friedberg's Commodity and Currency Comments Experts'
Report,” 1 de febrero de 1999, y fue publicado por el Cato Institute como
“A
Dollarization Blueprint
for Argentina”
el 12 de mayo de 1999.
Argentina
no posee un sistema puro, ortodoxo de caja de conversión; más bien lo que
tiene es un sistema no convencional--la convertibilidad--que se parece a una
caja de conversión (Walters y Hanke 1992, y Hanke 1997).
Los argentinos denominan “convertibilidad” al sistema y a los
cambios económicos más amplios que ha traído consigo.
“Convertibilidad” es un término poco común para un sistema sui
géneris, cuyas características peculiares a menudo escapan al ojo del
observador. La Ley de Convertibilidad, en efecto, impide al Banco Central imprimir dinero para rescatar a la banca estatal como se había hecho antes a menudo. La Ley Orgánica del Banco Central le prohíbe conceder préstamos a instituciones financieras excepto en casos de iliquidez temporal. Originalmente el Banco Central podía prestar a una institución un monto equivalente al valor de su capital, por un máximo de 30 días. Estas estipulaciones se flexibilizaron a principios de 1995 para facilitar préstamos de emergencia. Debido a que el Banco Central tiene poderes limitados como prestamista de última instancia, las instituciones financieras se han visto obligadas a mejorar su gestión y a recurrir a los mercados financieros, en vez de evadir la disciplina del mercado a través de los préstamos del Banco Central. La
Política de Liquidez del Banco Central Antes
de la Ley de Convertibilidad, el propósito del encaje (que no percibía
interés) era cobrar un impuesto por inflación a la banca y a los
depositantes. Hoy en día, en
cambio, su propósito es proteger a los depositantes.
Desde finales de 1995, el encaje o los requisitos de liquidez son más
uniformes que antes, y no discriminan entre pesos y dólares ni contra las
cuentas corrientes. Los
requisitos de liquidez son actualmente un 20 por ciento de la base de depósitos.
La ley prohíbe al Banco Central pagar interés sobre el encaje.
Pero como se han de mantener las reservas en bancos extranjeros, éstas
ganan interés a la tasa de mercado. En
consecuencia, el encaje en Argentina no sirve como un impuesto implícito a
la banca y al depositante. Debido
a que el Banco Central tiene poderes limitados para extender crédito a la
banca comercial, el gobierno ha enfatizado la necesidad de que el sistema
bancario tenga una fuerte base de capital.
Los requisitos mínimos de capital, que eran equivalentes al 3 por
ciento a mediados de 1991, se han incrementado paulatinamente hasta alcanzar
el 11,5 por ciento, cumpliéndose con creces el 8 por ciento que recomienda
el Acuerdo de Basilea. El
capital se calcula según el
grado de riesgo de los activos, aplicándose al cálculo del capital mínimo
normas más estrictas que las del Comité de Basilea. Para
generar confianza en el peso, el gobierno ha otorgado curso legal al dólar,
que se usaba previamente como una moneda no oficial.
De hecho, la banca argentina está autorizada desde diciembre de 1989
a aceptar depósitos en divisas extranjeras (Ley 23.578).
Desde entonces, el gobierno ha eliminado las restricciones sobre las
divisas extranjeras hasta tal punto que Argentina tiene hoy en día uno de
los sistemas más liberales del mundo.
El dólar tiene ahora curso legal junto al peso, y los contratos se
pueden hacer con igual libertad en cualquiera de las dos monedas.
En realidad, Argentina ha adoptado un sistema “bimonetario.”
Los créditos se pueden solicitar o extender en cualquiera de las dos
monedas, y la banca mantiene sus reservas exclusivamente en dólares (BCRA
Comunicación "A" 2.298, 12 de enero de 1995).
Desviaciones
de la Ortodoxia El
sistema monetario de Argentina difiere de una caja de conversión ortodoxa
en varias maneras, al igual que los sistemas aplicados en Estonia
(establecido en 1992), Lituania (1994), Bulgaria (1997), y Bosnia (1998)
(Hanke 1997). Un sistema de
caja de conversión ortodoxo no tiene un banco central y no ofrece
oportunidades para aplicar una política monetaria discrecional.
El sistema monetario de Argentina, al contrario, tiene un banco
central con un cierto margen para aplicar una política monetaria
discrecional, aunque mucho menos que la mayoría de los bancos centrales. Aunque
la Ley de Convertibilidad define la base monetaria, ni la ley ni el Banco
Central definen las categorías “pasivos monetarios” o “pasivos
financieros,” entre los cuales se podrían incluir activos domésticos.
Una caja de conversión ortodoxa no tendría pasivos financieros
diferentes a la base monetaria. El
Banco Central no tiene un tope máximo de reservas (reserve ratio), de
manera que puede acumular exceso de reservas y usarlas en una forma
discrecional. Aunque muchas
cajas de conversión ortodoxas han llegado a acumular reservas adicionales
que superan entre el 5 y el 15 por ciento el mínimo del 100 por ciento,
estos "excedentes" tienen la función de proteger las cajas de
conversión en caso de que los títulos en su poder pierdan valor.
Además, dichos excedentes están sujetos a reglas que impiden que
sean utilizados de manera discrecional. La
tasa de cambio del peso tiene un piso pero no un techo.
En principio, por lo tanto, el gobierno puede revaluar el peso contra
el dólar, aunque en la práctica no es probable.
Al contrario, en una caja de conversión ortodoxa, el piso y el techo
son el mismo, o casi el mismo, permitiendo un margen de comisiones que
usualmente no ha sido más de un 1 por ciento. El
Banco Central dispone de tres instrumentos principales para aplicar su política
monetaria discrecional: encajes bancarios, recompras, y transacciones en
divisas. Los encajes están
directamente a discreción del Banco Central, porque los reglamentos no
establecen ni mínimos ni máximos. Las recompras (repos) permiten al Banco
Central prestar a los bancos comerciales e influenciar así las tasas de
interés a corto plazo. El
Banco Central también puede efectuar operaciones de recompra y comprar o
vender divisas por iniciativa propia si sus reservas sobrepasan el mínimo
establecido por la Ley de Convertibilidad, como ha ocurrido desde el
comienzo. El Banco Central ha
usado repos y excedentes en divisas para suavizar a corto plazo las
fluctuaciones en la tasa de interés y para intervenir en el mercado de
divisas. No obstante, hasta
antes del Efecto Tequila, trató de lograr que las operaciones de recompra
acabaran con un resultado neto mensual de cero (Bennett 1994: 200).
Una caja de conversión ortodoxa, al contrario, no tiene instrumentos
de política discrecional. El
inversionista extranjero puede repatriar sus inversiones en cualquier
momento (Decreto 1.853, 2 de septiembre de 1993).
En 1993 se abolió por ley el poder del ejecutivo
de imponer controles de capital decretando una emergencia de pagos
(Ley 21.382, Artículo 14). Cuando
la Ley de Convertibilidad entró en vigor, los controles de capital existían
nominalmente, pero en la práctica el Banco Central autorizaba todas las
solicitudes de movimientos de capital y había dejado de aplicar la norma
que obligaba a declarar tales movimientos de capital, aun desde antes de
1993. Solamente
el Congreso argentino puede modificar la Ley de Convertibilidad.
Si el Presidente está de acuerdo con los cambios, se necesitaría únicamente
una simple mayoría. Para
revocar el veto presidencial, no obstante, se necesitaría una mayoría de
dos tercios en ambas cámaras del Congreso.
Tanto el Presidente Menem como los miembros del Banco Central se han
aferrado al espíritu de la Ley de Convertibilidad--que es popular a través
de todo el espectro político--y no han explotado los resquicios que tiene
la presente ley. Sin embargo,
nadie ni nada puede garantizar que en el futuro otro presidente y otros
directivos del Banco Central vayan a seguir tan completamente el espíritu
de la ley. Debido
a que el sistema de Argentina no es un sistema de caja de conversión
ortodoxa, Argentina ha
experimentado algunos problemas que generalmente no ocurren en un sistema de
caja de conversión ortodoxa. Los
problemas más serios ocurrieron en 1995 durante el Efecto Tequila, fenómeno
que ya ha sido analizado en otro estudio (Hanke 1999).
Por otra parte, los sistemas ortodoxos de caja de conversión y los
sistemas dolarizados han tenido el mismo éxito que el sistema argentino en
prevenir las devaluaciones, mantener la convertibilidad total de la divisa,
limitar la inflación y los déficits fiscales, y estimular el desarrollo
económico. Los sistemas de
banca central nunca tuvieron el mismo éxito ni en Argentina ni en otros países
en vías de desarrollo (Hanke 1999; Schuler 1996).
El éxito del sistema de convertibilidad de Argentina, por lo tanto,
se debe atribuir fundamentalmente a las características de su sistema
monetario, mientras que sus problemas se pueden atribuir a las características
de banca central que permanecen aún mezcladas en su sistema.
La
Dolarización Es Aconsejable
Teniendo
en cuenta que Argentina no tiene un sistema ortodoxo de caja de conversión
ni lo ha querido implementar, tal como lo hemos propuesto (Hanke y Schuler
1991a, b; Hanke, Jonung, y Schuler 1993: 72-4, 77), la dolarización es
deseable. Un sistema monetario
dolarizado funciona casi igual que un sistema ortodoxo de caja de conversión.
La diferencia principal consiste en que bajo la dolarización un país
entrega sus derechos de señoreaje (margen de utilidad que arroja la emisión
de moneda) a los Estados Unidos, mientras que en un sistema ortodoxo de caja
de conversión mantiene ese beneficio.
Consideremos a continuación los costos y beneficios de la dolarización
comparados con el esquema de convertibilidad instaurado en Argentina. El
mayor costo de la dolarización sería la pérdida de señoreaje.
Actualmente, Argentina gana unos 750 millones de pesos al año en señoreaje.
Considerando que el tamaño de la economía argentina--medida por su
producto interior bruto--es aproximadamente 340.000 millones de pesos, el señoreaje
apenas es un 0,22 por ciento de su PIB anual.
En otros países de baja inflación, el señoreaje puede ser hasta un
1 por ciento. La larga historia
de inflación de Argentina antes de la Ley de Convertibilidad ha hecho que
los argentinos tengan menos ganas de mantener billetes y monedas locales que
gente de otros países con baja inflación, por eso el señoreaje en
Argentina es más bajo que el promedio.
Dado que la tasa de cambio del dólar y el peso es 1 a 1, la conversión
de programas computacionales y de máquinas registradoras no originaría
grandes costos. En
consecuencia, los costos administrativos de dolarizar la Argentina serían
muy pequeños. El
mayor beneficio de la dolarización sería la reducción en los tipos de
interés en Argentina. Al
desaparecer la tasa de cambio entre el peso y el dólar, desaparecería
también el riesgo cambiario, con lo cual se cierra la brecha existente
entre los tipos de interés en dólares y en pesos.
Como hemos indicado, a finales de enero de 1999, la tasa de interés
para préstamos interbancarios diarios era cerca de un punto porcentual
mayor en pesos que en dólares, diferencia que podía llegar a alcanzar 5
puntos porcentuales para préstamos interbancarios a un año.
Para los clientes no bancarios, el margen es mayor.
Es verdad que la gente que desea pagar tipos de interés más bajos
puede endeudarse en dólares, pero eso les expone a un riesgo cambiario que
pueden no desear tomar, dada la larga historia de devaluaciones de la
Argentina antes de la Ley de Convertibilidad. Al
eliminar el riesgo cambiario, la dolarización reduciría los tipos de interés.
Por consecuencia, la tendencia al alza del crecimiento económico se
intensificaría y la variabilidad de éste disminuiría.
De hecho, un memorando del gobierno estima que la disminución de los
tipos de interés añadirían 2 puntos porcentuales a la tasa de crecimiento
económico (Warn 1999).
Este beneficio es mayor que el costo de señoreaje perdido (0,22 por
ciento de PIB). Incluso
al utilizar un análisis de costos y beneficios convencional como el
anterior, la conclusión es la misma: para
Argentina, los beneficios de la dolarización superan con creces los costos.
Sin embargo, al evaluar regímenes monetarios alternativos, el análisis
convencional de costos y beneficios no capta otros costos y beneficios de
igual importancia; a saber, los deseos de los consumidores.
Los “consumidores” del dinero son sus usuarios; es decir, todo el
mundo excepto los niños pequeños. En
lugar de usar como punto de partida en sus análisis la determinación de cuáles
son las características que el consumidor desea en el dinero, los
economistas simplemente asumen que un banco central bienintencionado,
competente, y políticamente independiente produce los mejores resultados, y
desde allí proyectan sus cálculos. En
el caso de Argentina ello está tan alejado de la realidad como suponer que
un monopolio telefónico estatal puede proporcionar un servicio eficiente y
de bajo costo. Los
argentinos han demostrado que las características que ellos desean en una
moneda son las que tiene el dólar: baja inflación, convertibilidad total,
buenas perspectivas a futuro, y aceptabilidad internacional.
La Ley de Convertibilidad tuvo éxito donde otras reformas monetarias
fracasaron precisamente porque convirtió al peso en un pariente cercano del
dólar. Sin embargo, el
consumidor todavía percibe que el dólar es superior al peso.
La dolarización permitiría al consumidor aprovecharse totalmente de
la percibida superioridad del dólar. Las
autoridades del gobierno han dicho en numerosas ocasiones que las reservas
que respaldan al peso son propiedad de los titulares de la base monetaria, y
que el Banco Central solamente las mantiene en depósito por cuenta de
ellos. Esta es una actitud
encomendable, pero que el consumidor todavía no termina de creer.
La dolarización privatizaría las reservas al distribuirlas entre
los argentinos que hoy tienen pesos en la mano.
Así se eliminaría cualquier duda que tenga el consumidor sobre sus
derechos de propiedad en pesos, o sobre la duración de la paridad peso-dólar.
La
Mayoría de las Críticas Que Se Hacen a la Dolarización Son Incorrectas
Argentina
no es el único lugar donde se ha debatido la dolarización.
Esto también ha ocurrido en Hong Kong (Schuler 1998).
Desde distintos sectores de la sociedad argentina se están
escuchando críticas a la dolarización, de tal manera que es posible que el
debate que tuvo lugar en Hong Kong se repita próximamente en Argentina.
La mayor parte de estas críticas son equivocadas.
Examinaremos aquí las más importantes. La
crítica más fuerte en contra de la dolarización no es económica sino política,
lo que no nos debe sorprender. El
proceso de elección entre regímenes monetarios alternativos siempre
contiene aspectos políticos. Estos
aspectos políticos se dan a nivel internacional de manera frecuente, como
ocurrió en 1998 en Indonesia, después que el Presidente Suharto decidiera
adoptar la idea de una caja de conversión.
En efecto, el debate sobre la caja de conversión en Indonesia tuvo,
en gran medida, fundamentos políticos y no se basó ni en los hechos ni en
un análisis económico (Culp, Hanke y Miller 1999; Hanke 1998). Algunos
argentinos consideran que el peso es un símbolo esencial de Argentina y
piensan que la dolarización atenta contra la soberanía nacional. Sin
embargo, los varios países dolarizados no consideran que la dolarización
limite su independencia, o que una moneda emitida nacionalmente sea esencial
para preservar su soberanía o su orgullo nacional.
Esto tampoco ocurriría en Argentina.
La dolarización no se debe considerar como un golpe al orgullo
nacional; más bien es una extensión lógica de los principios que
inspiraron la Ley de Convertibilidad. En
un sistema de caja de conversión (o en una unión monetaria), el país
renuncia a una política monetaria soberana, al igual que con la dolarización.
Comparada con una unión monetaria, sin embargo, la gran ventaja de
una caja de conversión o de la dolarización es que la soberanía política
no se pierde, dado que se entra y se sale de tales sistemas de manera
voluntaria. En la práctica,
eso no ocurre con una unión monetaria: una vez que un país ingresa a una
unión monetaria, se entrega la soberanía, porque es extremadamente difícil
salirse unilateralmente de la misma. Afirmar
que una moneda nacional es un símbolo de soberanía es confundir conceptos
políticos con conceptos económicos. La
soberanía es la habilidad de un gobierno nacional de tener libertad de acción
en política extranjera y en otros asuntos de política internacional sin
verse coartado por países extranjeros; no es la facultad de coartar las
libertades políticas o económicas de la ciudadanía.
En una economía de mercado, el concepto fundamental no es la soberanía,
sino la libertad individual de elegir.
El economista W. H. Hutt acuñó la frase “soberanía del
consumidor” en 1934 para expresar esta idea. Al
introducir un sistema monetario semejante a la caja de conversión,
Argentina fortaleció la soberanía del consumidor y transformó a su economía
en una de las más libres y de mayor crecimiento del mundo en los años 90.
De hecho, como resultado directo de la convertibilidad, el índice de
libertad económica de Argentina pasó del 59° lugar en 1990 al 7° en 1997
(Gwartney y Lawson 1998). Actualmente
sólo Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, los Estados Unidos, el Reino Unido
y Canadá superan a Argentina. La
dolarización solidificaría y realzaría aún más la soberanía del
consumidor en Argentina. La
crítica económica más frecuente contra la dolarización es que privaría
a Argentina de flexibilidad en su política monetaria, incluso de la
flexibilidad limitada que ofrece el sistema similar a una caja de conversión
que ahora tiene. Los
detractores afirman que la dolarización le quitaría a Argentina los medios
para hacer frente a shocks
externos, porque las autoridades monetarias carecerían de la flexibilidad y
de la discrecionalidad necesarias para poder implementar sus políticas.
Aunque esta objeción sea correcta en teoría, la realidad la
desmiente. Las tasas de
crecimiento de los países en desarrollo sin flexibilidad
monetaria--aquellos con cajas de conversión o con sistemas
dolarizados--fueron un 50 por ciento mayores que las de los países con
bancos centrales y flexibilidad monetaria entre 1950 y 1993.
Además, la variabilidad de esas tasas de crecimiento, medidas por su
desviación estándar, era virtualmente idéntica, indicando que la falta de
flexibilidad monetaria no resultó necesariamente en una mayor incidencia o
vulnerabilidad ante los choques externos (Hanke 1999 y Schuler 1996). Una
crítica relacionada es que Argentina se vería perjudicada si el dólar
llegara algún día a ser una moneda inestable con alta inflación.
La solución a este problema potencial es extender la libertad
considerable que ya existe en Argentina para usar cualquier moneda.
Aunque inicialmente el dólar sería la moneda más usada, la gente
sería libre de usar cualquier moneda que ellos quisieran.
Si la gente desea hacer contratos especificando pagos de salarios,
gastos de negocios o préstamos en euros, yen, o incluso reales brasileños,
deberían disfrutar de esa libertad. De
esta forma, la gente sería capaz de utilizar las monedas con mayor
estabilidad del mundo. Algunos
economistas señalan que Argentina no forma parte de un “área monetaria
óptima” con los Estados Unidos, porque las fuerzas económicas que
afectan a los dos países son diferentes.
Según ellos, la dolarización de Argentina sería contraproducente
porque impediría al gobierno usar la tasa de cambio como un instrumento de
política monetaria. Nuestra
respuesta es que la teoría de áreas monetarias óptimas, tal cual la
entienden generalmente los economistas, es incorrecta.
Ningún gobierno, ni banco central, ni economista sentado en su
oficina puede determinar lo que constituye un área monetaria óptima, como
tampoco puede determinar qué tipo de servicio telefónico es óptimo para
un país. La única forma de
determinar un área monetaria óptima es dando a la gente la libertad de
elegir, y observar los resultados (White 1989).
Al demostrar su preferencia por el dólar y por un tipo de cambio
fijo, los argentinos están demostrando que, en lo que a ellos concierne, el
área monetaria que conforman con los Estados Unidos es óptima.
Otra
crítica en contra de la dolarización es que ésta es una base inapropiada
para la unificación monetaria del Mercosur, porque otros países,
especialmente Brasil, no se dolarizarían.
Ante esto reiteramos que la meta para Argentina debe ser retener su
soberanía política y fortalecer la soberanía del consumidor.
Una unión monetaria en el Mercosur no lograría esto en principio,
mientras que la dolarización lo haría en principio y en la práctica.
La
Dolarización y la Sofisticación Financiera
La
dolarización no es "demasiado simple" para Argentina.
Por el contrario, mientras más se desarrolle el ámbito financiero
en Argentina, mayor es el valor de un sistema monetario simple y
transparente. La banca central
realiza una planificación central del dinero, y la planificación central
funciona tan mal en el manejo del dinero como en la agricultura o en el
industria. Es por esto que históricamente
el funcionamiento de la banca central ha
sido peor que el funcionamiento de los sistemas monetarios de mercado, en
especial los de dolarización y las cajas de conversión.
En estos sistemas han estado ausente los procesos inflacionarios, las
devaluaciones, los controles de cambio, los grandes déficits fiscales, y
las confiscaciones monetarias. Debido
a que el sistema parecido a una caja de conversión retiene rasgos característicos
de la banca central, el peso argentino ha estado expuesto a ataques
especulativos periódicos. Especialmente
durante estos ataques especulativos, los tipos de interés en pesos han sido
más elevados que los tipos en dólares.
Creemos que la dolarización eliminaría la racionalidad de tales
ataques especulativos. Sin
embargo, en un discurso realizado en noviembre de 1998, Alan Greenspan, el
Presidente de la Reserva Federal, dijo con respecto a Argentina: “Dudo
mucho que una nación soberana que en general se inclina por políticas económicas
esotéricas vaya a recuperar la sobriedad por el mero hecho de
dolarizarse” (Greenspan 1998: 6). Las
palabras de Greenspan han recibido amplia cobertura en la prensa argentina.
Lawrence Summers, Subsecretario del Tesoro de los Estados Unidos,
recientemente ha formulado unas declaraciones similares.
Se trata de variaciones sobre el tema de que para instaurar una
moneda sana primero hay que sanear la política fiscal, como si el sistema
monetario no ejerciera influencia alguna sobre las finanzas gubernamentales. Los
argentinos saben por propia experiencia, sin embargo, que el sistema
monetario si ejerce considerable
influencia. Reconocen en
general que sin la Ley de Convertibilidad, las reformas económicas en
Argentina no habrían ido tan lejos ni con tanta rapidez.
Otros países han tenido experiencias similares.
En un estudio de 98 países en desarrollo durante el período
1950-93, Hanke (1999) encontró que los déficits fiscales fueron, en
promedio, 65 por ciento más grandes y 1,4 veces más variables en los países
con banca central que en aquellos con una caja de conversión o con sistemas
dolarizados. La
dolarización no garantiza absolutamente políticas económicas correctas,
pero ningún sistema lo hace. Lo
importante es que la dolarización crearía las condiciones para que
Argentina continúe implementando una política económica correcta, así
como la Ley de Convertibilidad creó
las primeras condiciones para que Argentina pudiera retomar su política
económica. En
el caso de Hong Kong, los detractores de la dolarización han afirmado que
para convertir la base monetaria a dólares se necesitarían cantidades
formidables de divisas, incluso más allá de lo necesario.
Se equivocan. La
dolarización requiere únicamente divisas suficientes para cubrir la base
monetaria (M0), no reservas para cubrir las medidas más amplias de la masa
monetaria, tales como los depósitos M1, M2, o M3 en la banca comercial.
Al igual que en un sistema ortodoxo de caja de conversión, o en un
sistema de banco central en tiempos normales, la responsabilidad de los
bancos es mantener reservas suficientes para satisfacer las demandas de sus
clientes para convertir depósitos a billetes. En
todos los sistemas--caja de conversión, dolarización, o banca central--las
reservas que los bancos mantienen en exceso del mínimo legal constituyen
ordinariamente sólo un porcentaje ínfimo del total de sus pasivos.
Bajo la dolarización, los depósitos en pesos se convierten en depósitos
en dólares al cambio de 1 por 1, pero no se transforman en billete dólar
propiamente tal. Aparentemente,
ningún país que se haya dolarizado
lo ha hecho convirtiendo todos su depósitos bancarios en moneda nacional en
billetes dólar, de manera que es un tanto insólito decir que la dolarización
requiere ese tipo de operación. Los
depositantes no tendrían ninguna razón especial para hacer conversiones
masivas de depósitos en dólares a billetes, de la misma forma en que
actualmente no tienen ninguna razón especial para convertir masivamente depósitos
en pesos a pesos en billetes. Los
depositantes tampoco tendrían ninguna razón para cambiar sus depósitos de
un banco a otro bajo la dolarización.
Los activos y los pasivos de los bancos serían los mismos de ahora;
lo único que cambiaría es la unidad monetaria.
Expresado en términos de dólares, no habría cambio alguno.
Las carteras de inversión de los bancos, y por tanto su valor
crediticio, no sufrirían modificación alguna. Quienes
se oponen a la dolarización sin duda encontraran nuevas objeciones, pero
ello no es motivo para desestimarla. Es
posible hacer objeciones contra cualquier sistema monetario, pero la
verdadera prueba de fuego está en la práctica.
Respecto de la dolarización oficial y extraoficial, existe una vasta
experiencia histórica tanto empírica como actual; no hacen falta
conjeturas extravagantes. Si
uno quiere saber como opera la dolarización no hay más que mirar a Panamá
o a Puerto Rico. La dolarización
funciona bien allí y en otras partes, sin los problemas que los críticos
aseguran que se producirían. Las
objeciones puramente hipotéticas no son suficiente peso contrarrestar el éxito
en la práctica de la dolarización. La
Dolarización Debe Ser Liberal
El
gobierno de Argentina está considerando por lo menos dos formas distintas
de dolarización: unilateral--que puede ocurrir sin un acuerdo--y un acuerdo
limitado bajo el cual Argentina podría recobrar algo del señoreaje que
perdería por la dolarización y que, como alternativa de liquidez, otorgue
a la banca argentina acceso a préstamos preferenciales de la Reserva
Federal. Preferimos
la dolarización unilateral, y cuanto antes mejor.
Lo más pronto que el gobierno elimine la incertidumbre aún presente
en la convertibilidad, lo más pronto que las tasas de interés comenzarán
a bajar y lo más pronto que se beneficiará la economía argentina.
La dolarización unilateral no requiere la aprobación del gobierno
de los Estados Unidos ni la participación de la Reserva Federal. Argentina
necesitaría aproximadamente $15.000 millones para reemplazar la base
monetaria. Este canje de
monedas es factible dado que, como resultado directo de la Ley de
Convertibilidad, las reservas líquidas del Banco Central alcanzan los
$24.000 millones. El canje
generaría utilidades por señoreaje para el gobierno de los Estados Unidos,
de manera que es difícil entender porqué los Estados Unidos se opondría a
la dolarización en Argentina. Y
aun si fuera así, cabe recordar que entre el 50 por ciento y el 70 por
ciento de la masa monetaria en dólares--aproximadamente unos 470.000
millones--está fuera de los Estados Unidos.
Sólo una cantidad ínfima ha salido del país a instancia del
gobierno de los Estados Unidos o de los países que hoy mantienen esos dólares.
Los rusos, por ejemplo, han adquirido más de $40.000 millones en
billetes a través de canales normales de comercio, a pesar de los esfuerzos
del gobierno ruso por impedir la tenencia y uso de dólares.
Argentina podría adquirir dólares de manera similar.
Sería conveniente tener la aprobación del gobierno de los Estados
Unidos, pero no es esencial. Aún
si el gobierno de los Estados Unidos se opone vigorosamente, Argentina podría
dolarizarse. Es posible que deba trasladar el pago de préstamos
interbancarios de Nueva York a alguna parte fuera de los Estados Unidos,
pero eso no crearía grandes problemas.
En diferentes épocas, Panamá ha tenido que hacer lo mismo. La
dolarización necesitaría cambios menores en las regulaciones financieras,
las reglas contables, etc. El
gobierno, en consulta con el sector financiero, podría nombrar un comité
de expertos para examinar estos asuntos y realizar recomendaciones.
Desde el punto de vista legal, la dolarización no crearía mayores
problemas, dado que al tipo de cambio actual no habría variación alguna en
los contratos. La dolarización
tampoco crearía desfases en los mercados financieros ni en las tasas de
referencia bancaria. Por el
contrario, el mercado en dólares es muchísimo mayor que el mercado en
pesos, de manera que sería fácil encontrar una analogía en dólares para
cualquier obligación contractual en pesos. De
optar por la dolarización unilateral, Argentina podría negociar un
convenio mediante el cual Argentina reciba parte del señoreaje que perdería.
Aun sin un acuerdo, la pérdida de señoreaje sería mucho menor que
las ganancias potenciales de eliminar el riesgo cambiario, reducir las tasas
de interés, y estimular el crecimiento de la economía. En
nuestra opinión, un acuerdo limitado entre Argentina y los Estados Unidos
que otorgue a la banca argentina acceso a los préstamos preferenciales de
la Reserva Federal no sería aconsejable.
Una razón es que, al contrario de lo que piensan muchos economistas,
no es aconsejable tener un banco central como prestamista de última
instancia (Selgin 1996: capítulos 9-12).
La experiencia demuestra que cada vez que un banco central ha tenido
que rescatar a la banca de la insolvencia, los costos han sido enormes. En
los países en vías de desarrollo, el desenlace de tales rescates no ha
sido precisamente óptimo. De
hecho, Argentina mantiene el récord por el rescate bancario más oneroso en
proporción al tamaño de su economía: La crisis bancaria de 1980-82 costó
55 por ciento del PIB. El
sistema bancario experimentó otra crisis en 1989-90, y otra durante el
Efecto Tequila en 1995 (Caprio y Klingebiel 1996: 15, 26-7).
Fue solamente después de la última crisis que el gobierno implementó
reformas duraderas, liquidando la banca estatal (de reconocida mala
administración). Sin la Ley de
Convertibilidad, la cual limitó la capacidad del Banco Central para actuar
como prestamista de última instancia, es muy dudoso que se hubieran
efectuado estas reformas. Argentina
ya cuenta con un fondo de garantía estatal a los depósitos y un Programa
Contingente de Pases de $6.700 millones, como hemos mencionado
anteriormente. La extensa
internacionalización del sistema bancario argentino facilita que las
oficinas centrales de los bancos actúen en efecto como prestamistas de última
instancia cuando sea necesario, de tal manera que las disposiciones actuales
para casos de emergencia son adecuadas para un país dolarizado.
La experiencia de Panamá, país con un sistema bancario altamente
internacionalizado, es que el tener acceso a grandes proveedores mundiales
de liquidez de divisas evita las crisis bancarias sistémicas.
Además, la dolarización no le impediría al gobierno ser un
prestamista de última instancia. Las
autoridades fiscales del gobierno podrían conceder préstamos a la banca
directamente en vez de tener un banco central que haga esa función.
Es más, es muy probable que ello sea más transparente que si los préstamos
fueran concedidos por el Banco Central. Finalmente,
no favorecemos un acuerdo formal porque a pesar del buen récord del dólar
durante mucho tiempo, no hay razón para obligar a los argentinos a usar el
dólar, como implicaría un tratado. El
dólar puede ser de curso legal en Argentina sin necesidad de que su uso sea
obligatorio. “Curso legal”
simplemente significa que las partes de un contrato pueden utilizar el dólar
como moneda de cambio si están de acuerdo, y tal vez, si es aceptable, si
no se especifica una moneda en el contrato o acuerdo.
Es posible que muchas monedas sean de curso legal simultáneamente.
Todas las principales divisas internacionales deberían tener curso
legal en Argentina, y el gobierno debería considerar aceptar el pago de
impuestos en euros o tal vez yen, así como en dólares (al tipo de cambio
de mercado). A
medida que se abaratan los ordenadores y las comunicaciones, las
transacciones electrónicas son cada día más comunes.
Es posible que en el futuro la banca desarrolle monedas basadas, por
ejemplo, en canastas de bienes que pueden ser superiores a las monedas
emitidas por los estados. Al
pueblo argentino no debería prohibírsele utilizar divisas de este tipo si
así lo desean. Bajo la forma
de dolarización que nosotros proponemos, el dólar sería la moneda
predominante en Argentina por algunos años, pero si los argentinos
quisieran reemplazarla por cualquier otra, deben tener completa libertad
para hacerlo. Al
terminar esta sección, parece apropiado comentar la propuesta de establecer
una unión monetaria en el Mercosur. Aun
si se estableciese una unión monetaria en el Mercosur, dudamos que fuera a
producir una moneda estable de una calidad igual a la del dólar.
La dolarización hoy es inmensamente superior a una unión monetaria
del Mercosur. En verdad, el dólar
es el rey de las monedas y permanecerá así en el futuro venidero.
Cerca del 90 por ciento de todas las transacciones entre los bancos
es en dólares, y cerca del 90 por ciento del comercio de bienes de todo el
mundo es en dólares. La
facturación de los productos manufacturados es un poco más heterogénea,
pero virtualmente todas las exportaciones de los Estados Unidos y un
sorprendente 88 por ciento de las importaciones son en dólares.
En Japón, la segunda economía más grande del mundo, el 36 por
ciento de sus exportaciones y el 70 por ciento de sus importaciones se efectúan
en dólares. Finalmente, aparte
del oro, cerca del 70 por ciento de las reservas oficiales de divisas que
mantienen los gobiernos no europeos está denominada en dólares (McKinnon
1998). Cuando
los países de Mercosur puedan unilateralmente unificar sus monedas con el dólar,
ya sea vía un sistema de caja de conversión o vía la dolarización
oficial, es difícil comprender porqué considerarían establecer una unión
monetaria, con un banco central, y una nueva moneda, el "latino".
Un
Programa Específico para la Dolarización Argentina
La
dolarización oficial haría necesario convertir la base monetaria (billetes
y monedas, más depósitos a la vista en pesos de las instituciones
financieras con el Banco Central) a activos en dólares--billetes, depósitos
en los bancos de los Estados Unidos, activos que se puedan intercambiar fácilmente
tales como los bonos del tesoro, o todos en combinación.
Si se siguen los pasos detallados a continuación, la dolarización rápida
que proponemos puede empezar inmediatamente y quedar virtualmente completada
en 30 días. Un calendario de
30 días es realista, aunque otros países han hecho reformas monetarias más
complejas en menos tiempo. Para dolarizar Argentina, se deben seguir los
siguientes pasos: 1.
Asegurarse que las reservas líquidas
del Banco Central sean cuando menos equivalentes a la base monetaria. Las
reservas líquidas--reiteramos--son las divisas que respaldan a la base
monetaria menos los bonos de deuda pública.
Como hemos mencionado, a finales de enero de 1999, estas reservas
excedían la base monetaria. 2.
Anunciar que a partir de ese momento, todos los salarios, precios,
activos y pasivos en pesos son ahora precios, salarios, activos y pasivos en
dólares a una tasa de cambio de 1 dólar = 1 peso. No
se permitirá el cobro de comisiones por convertir pesos en dólares.
Expresado en dólares americanos, la dolarización no producirá
cambio alguno. Los
depósitos bancarios y los préstamos con tasas fijas de interés continuarán
con la misma tasa de interés hasta su vencimiento, excepto que ahora el
capital principal y el interés se pagarán en dólares.
Las tasas de interés en dólares serán probablemente más bajas que
las tasas de interés en pesos antes de la dolarización.
Los deudores se beneficiarían de las tasas de interés más bajas si
logran refinanciar sus deudas; si no, no van a estar peor que como lo
estuvieron bajo la convertibilidad, porque, en términos de dólares, estarían
pagando montos equivalentes a la misma tasa de interés. La
dolarización causará una leve redistribución del ingreso: en general,
aquellos que se endeuden en dólares pagarán menos y quienes presten en dólares
recibirán menos de lo que reciben ahora porque no podrán hacer préstamos
en pesos. Pero los acreedores
disfrutarán de otro tipo de beneficio, dado que la dolarización elimina
las devaluaciones del tipo que han llevado a la quiebra a los bancos en
Asia. En general, la baja de
las tasas de interés beneficiará a la economía argentina, al permitir al
sector empresarial y a los consumidores asumir deudas que de otra forma no
habrían considerado factibles. 3.
Reemplazar inmediatamente el peso por el dólar como unidad de
cuenta. No se necesita un período
de transición debido a que la paridad es de 1 por 1. No
habrá necesidad de modificar los métodos contables, ni los sistemas de
computación, ni los precios de los productos en los estantes de las
tiendas. 4.
Reemplazar inmediatamente los depósitos en pesos del Banco Central
por su equivalente en dólares.
En 1995, Argentina ya tomó un paso en esa dirección al trasladar
sus pagos desde una cuenta en pesos del Banco Central a una cuenta en dólares
en Nueva York. Este paso
simplemente finalizaría este proceso. 5.
Retirar billetes y monedas en circulación, preferentemente durante
el período de transición.
El tiempo que lleve dependerá de lo que tarde el Banco Central en
obtener dólares. Lo deseable
es reemplazar la mayor parte de los pesos durante el período de transición.
Una vez que el retiro de pesos se haya iniciado, no se permitirá a
la banca cobrar comisiones por canjear pesos por dólares.
Terminado el retiro de la mayor parte de los pesos en circulación,
la banca y el estado continuarán por un plazo que puede ser de cinco años
aceptando pesos, de manera que los que tienen esos billetes tengan tiempo
para canjearlos. Sin embargo,
no se permitirá el uso de billetes viejos para el pago de transacciones
personales. Transcurrido el
plazo, el Presidente de Argentina podrá hacer uso de sus facultades para
desmonetizar el peso. Nosotros
favorecemos reemplazar tanto los billetes como las monedas por su
equivalente en dólares, pero la Argentina podría mantener monedas metálicas
de emisión nacional, como lo hace Panamá. 6.
Reestructurar el Banco Central tomando en consideración que ya no es una
institución emisora.
El Banco Central perderá la facultad de fijar la política monetaria.
Sin embargo, puede continuar teniendo una función en el sistema
financiero regulando las instituciones financieras y reuniendo estadísticas
financieras. Algunos sectores podrán estimar que la dolarización, de ser adoptada, debería ser una medida transitoria. Al contrario, la experiencia histórica indica que la dolarización, en la forma que la proponemos, debe ser permanente. Proponemos que se le permita a los argentinos que usen cualquier moneda y que se le impida al estado volver a emitir una moneda nacional de nuevo. Para Argentina, la moneda emitida por el estado siempre ha sido una maldición. La Ley de Convertibilidad ha hecho que el peso sea casi tan bueno como el dólar, pero todavía no ha logrado igualarlo. La dolarización que proponemos aseguraría que los argentinos tengan la libertad de usar la mejor moneda del mundo, y haría más difícil regresar a los viejos tiempos de una moneda nacional de mala calidad.
Apéndice: Un Modelo de Ley de Dolarización
Este modelo de anteproyecto de ley tiene por objeto dejar sentadas las principales características con que debe contar una Ley de Dolarización. La redacción definitiva podrá variar según lo requiera el cumplimiento de la norma legal. El Banco Central de la República Argentina (BCRA) dejará de emitir pesos y retira de la circulación toda la base monetaria argentina, reemplazándola con su equivalente en dólares al cambio de 1 dólar = 1 peso. De preferencia, el BCRA efectuará dicho retiro en el lapso de 30 días de la entrada en vigor de la presente ley. El BCRA y el estado argentino recibirán pesos para canje a dólares a partir de la entrada en vigor de la ley y por un período máximo de cinco años, al cabo del cual el Ejecutivo decretará la desmonetización de los pesos circulantes. Los sueldos, precios, activos y pasivos en pesos se convertirán a dólares al cambio de 1 dólar = 1 peso. Transcurridos 30 días de la entrada en vigor de la presente ley, los sueldos y precios no podrán cotizarse en pesos. 1. El Ejecutivo designará a un comité de expertos a fin de someter a estudio los aspectos técnicos relacionados con la presente ley y formular las recomendaciones que estime pertinente. 2. Lo dispuesto en la presente ley no impedirá a las partes que concurran a una transacción el uso de cualquier moneda de cambio que puedan convenir de mutuo acuerdo. Donde ésta no se especifique, se entenderá por defecto el dólar de los Estados Unidos. 3. Quedan sin efecto todas las disposiciones que no se ajusten a lo dispuesto en la presente ley. 4.
La presente ley tendrá efecto inmediato.
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