|
|
|
POR UN PLATO DE LENTEJAS Especial
para el diario “EL NORTE” por
GERMÁN FLORES CAPRIOTTI 24/05/97 La
Biblia, libro sagrado, suele recoger hermosos ejemplos, de como es el accionar
del hombre, de lo que guarda en su corazón, de lo que es capaz de pensar, de
hacer, de sentir. La Verdad sobre el hombre está contenida en sus páginas.
La Verdad acerca de su dignidad y también de sus miserias. Otros libros
considerados sagrados también nos reflejan parte de esta Verdad. Los
judeocristianos, hijos de Abraham, sabemos por experiencia que muchas veces
hemos abandonado la defensa de la Verdad, cuando las circunstancias se ponen
difíciles. Somos hábiles en la búsqueda de excusas, máxime cuando nos
comienza ajustar el zapato. Claro que no todos tenemos la gracia de responder
al martirio, aunque todos estamos llamados a sostener aún con nuestra vida la
Verdad. Así lo hicieron innumerable cantidad de cristianos en la época de
las persecuciones. Y aún hoy nuestros primos segundos, los musulmanes, tienen
hasta lo que hoy nos parecería un principio de bárbaros: La Guerra Santa.
Pero parece que todo esto está muy lejos. Lejos en la distancia. Lejos en el
tiempo. Allá, muy lejos, en el campo de los ideales. La posmodernidad nos
lleva poco a poco, disimuladamente a distanciarnos de este terreno. Terreno,
que cada día más se parece a un paraíso de otros tiempos. Terreno, sobre el
cual sólo construyen los “utópicos”, los desubicados, los delirantes. El
hombre es ante todo un ser libre. Libre de una libertad sin límites. El
hombre es un ser social. Incapaz de vivir sólo, sin perder mucho de lo rico
que puede llegar a ser. El hombre es un ser digno, porque es hijo en el Hijo
de Dios. El hombre es persona. Todas estas definiciones, no son más que
declamaciones sino no se concretan sobre el hombre que somos o el hombre que a
diario vemos a nuestro rededor. Podemos elaborar hermosos discursos, homilías,
predicaciones, arengas, etc. Pero todas se convierten en plumas que la más
leve brisa las lleva muy lejos, si no logramos comenzar a reflexionar,
analizar, criticar, y ser coherentes con lo que de nuestros labios o de
nuestras máquinas de escribir comienzan a brotar. Cuando
no hay trabajo, no hay libertad. Nos convertimos en esclavos de las pocas
ofertas que se presentan. Aceptamos lo que venga y hasta nos ponemos contentos
con nuestros nuevos amos, ya que: ¡tan malos no son! ¡Hay tantas personas
que están peor!. Inclusive aceptamos condiciones injustas, que dejan a los
otros fuera de la competencia por la búsqueda de ese empleo. Empleo que
sabemos, muy posiblemente, mucho no durará. Se
está escribiendo así un nuevo libro de la Selva. Libro sagrado del Libre
Mercado. El autor es el Capitalismo Salvaje. El es el héroe que venció al
Mal cuyo nombre era Socialismo. El nos convierte en “salvajes” a sus discípulos,
“salvajes en busca de una presa”. La única ley es la de la Selva. No
importan otros principios, no importan las verdades, importa mi verdad, mi
necesidad, mi urgencia. Este profeta, llamado Capitalismo Salvaje nos impone
un Primer Mandamiento, el del Individualismo autodestructor: “Sálvese quien
y como pueda”. El
resultado de este relato épico es que nos estamos suicidando socialmente y
eso nos sucede por haber abandonado la defensa común y la búsqueda del
BIENESTAR GENERAL. Somos agredidos, somos heridos mortalmente y no nos damos
cuenta. Y lo que es peor, enfermamos a las jóvenes generaciones con nuestros
ejemplos y nuestras desilusiones. Les estamos enseñando a sobrevivir y no a
VIVIR. Lo primero no supone lo segundo. Quien lucha por sobrevivir no se
pregunta si es feliz o si hace feliz a alguien...Por un plato de lentejas,
vendemos nuestra primogenitura, rematamos nuestros sueños, reventamos a
nuestro hermano, y nos esclavizamos bajo las manos de los muy pocos que
concentran la mayoría de la riqueza material y nos despojan de nuestra
riqueza espiritual, la de nuestros ideales, la de los principios, la de la
Verdad que encierra el saber que un jubilado es digno, que la clase media
trata de no desaparecer, que nuestros hijos no tienen expectativas de
condiciones justas e igualitarias de acceder a una educación por que no
podemos “bancarlos”. Porque no se come por decreto, ni gracias a la
“democracia” o a la “estabilidad”. No se vive por derecho. Se vive, se
sueña, se come, se trabaja, se descansa, porque somos Hombres y como tales
merecemos RESPETO, no sólo palabras, no sólo arengas, no sólo promesas. Pareciera
que necesitáramos decir lo que no somos, para dejar en claro lo que Dios y la
Historia ha querido de nosotros. No somos mendigos somos ciudadanos. No somos
un objetivo electoral, somos seres humanos. No somos esclavos, somos todos
iguales, somos miembros de una fraternidad universal, somos hermanos. No somos
subversivos, somos un pueblo que reclama trabajo, justicia, condiciones
humanas. Muchos no tienen vos, pero gritan. No nos tapen la boca con bolsones.
No nos aturdan con noticias de turno. No nos regalen las cosas, dennos las
posibilidades de sentir que las supimos ganar. No nos vendan espejos a precio
de oro, con solo llamar por teléfono. No repartan lo que luego muchos venden.
No nos corrompan, no se dejen corromper. Defiéndannos y saldremos en su
defensa. No destruyan nuestras esperanzas, no alienten falsas expectativas.
Uno también se muere con pavimento y agua potable, y eso todos lo sabemos. No
nos dejemos tentar por el plato de lentejas... |