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Educación
democrática para
enfrentar a la educación
neoliberal[i]
Edgar
Isch López Unión
Nacional de Educadores La
educación refleja inevitablemente las contradicciones de su época y las
presiones que sobre ella pueden ejercer los poderosos. En Latinoamérica, de
hecho esta relación ha plantado cambios que han pasado desde el laicismo en
la enseñanza como requisito para superar la producción feudal e implantar la
capitalista, pasando por la promoción de la metodología llamada “tecnología
educativa”, en momentos en los que se impulsaba la política desarrollista;
la generación de carreras técnicas de corta duración, para lograr la
“suplantación de importaciones”; más tarde la incorporación de técnicas
de planificación estratégica; hasta llegar, desde la segunda mitad de la década
de los años 80, al impulso de una postura neoliberal. La
respuesta de los sectores democráticos y de izquierda, en los años 60 y 70
se concentró básicamente en la Educación Popular y en la presentación de
propuestas estratégicas de transformación que partieron de algunos gremios
docentes vinculados con otras organizaciones populares. Estas propuestas se
centraban en la necesidad de la toma del poder político en manos del pueblo
trabajador, como garantía y requisito para lograr una educación que apuntara
a la liberación de nuestros pueblos y a la vida personal de las mayorías
también en libertad. De allí surgían propuestas pedagógicas que impactaron
en la Educación allí donde los maestros de avanzada las asumían y, a la
vez, surgía la oposición firme a las imposiciones educativas del
imperialismo que trabajaba las reformas educativas de nuestros países en la
Universidad de Nuevo México (en los años 70) o generalizaba una misma
propuesta, como sucede hasta hoy cuando repiten la misma receta cada uno de
nuestros países y, también, para sectores populares especialmente de
inmigrantes en Estados Unidos y Canadá. Frente
a la destrucción de los regímenes del mal llamado “socialismo real”,
todos los medios de los sectores dominantes, dentro y fuera de nuestras
fronteras, fueron usados para convencer a los pueblos de que “la historia
llegó a su fin”, que “vivimos una aldea global” y que llegaba el tiempo
de un “nuevo orden mundial” globalizado, de paz y desarrollo. Todos los
instrumentos del Estado capitalista y del imperialismo se sumaron para
convencer al mundo de que los anhelos de mejores condiciones de vida eran solo
utopías irrealizables, que las medidas neoliberales eran las únicas posibles
y que la técnica estaba al margen de la política, con lo que se daba patente
de corso y careta científica a los paquetazos y toda clase de medidas para
quitar a los pobres y entregar a los ricos una porción cada vez más grande
de riqueza social. El peso de tal ofensiva ideológica llevó efectivamente a
debilitar las posiciones democráticas y de avanzada en la mayoría de países
y a permitir una rápida aplicación de los dogmas neoliberales. Pero la
verdad, es que ese “nuevo orden” no era más que una nueva careta para una
vieja dominación. Veamos,
en una síntesis muy general, los ofrecimientos neoliberales y sus resultados
reales:
Lógicamente, hay diferencias claras pues la brecha entre ricos y pobres tiene un crecimiento continuo, tanto a escala mundial como al interior de cada país. La brecha entre ricos y pobres ha crecido en 250% desde 1960.[iii] Esa
brecha, cuando se habla de países, se explica por la explotación que los
países imperialistas realizan sobre las colonias, lo que permite a
los países industrializados, en este mar de pobreza, ver entre 1975
y 1999 crecer su Producto Interno Bruto en un 50% mientras en las naciones
pobres la caída es del 15%, en el mismo período[iv].
Así las cosas, el neoliberalismo ha obtenido un solo logro: garantizar la mayor acumulación de la riqueza en pocas manos que haya visto la humanidad. Basta ver como la riqueza de los 10 hombres más millonarios del mundo, supera con creces a la producción de más de 80 países del mundo. Entonces, el neoliberalismo ha sido exitoso para fortalecer el poder económico de unos pocos y ampliar las penalidades de los trabajadores, pero desastroso desde la perspectiva de las mayorías explotadas y empobrecidas. El
neoliberalismo y la educación El
neoliberalismo, se refleja también en una propuesta educativa que se ha ido
conformando paulatinamente pero que alcanzó rasgos claros e integrales. De
hecho, las propuestas neoliberales parten de la equiparación de la educación
con el mercado, el mismo que es ubicado como una deidad que todo lo puede,
todo lo resuelve y es lo único que debe quedar en libertad. Esta idolatría
del mercado, como la llamaran destacados promotores de la Teología de la
Liberación, ordenaría los valores morales del neoliberalismo, y por tanto
también las metas formativas ha ser impulsadas en la educación. Bajo la
mitificación de la libertad de empresa y del libre mercado, duermen los sueños
de millones de indigentes. Si la educación de los pueblos históricamente ha cumplido los roles de socializadora (reproductora de cultura e ideología) y de formadora de los recursos humanos para el área productiva, hoy en gran medida queda restringida a cumplir con la primera de estas funciones, es decir, la de carácter ideológico, y renuncia a la segunda, pues el crecimiento del desempleo y del sector de “excluidos” demuestra la incapacidad del sistema para incorporarlos al empleo. Nos dirán que los “ecuatorianos somos vagos”, que “solo nos quejamos”, que “el que no trabaja es porque no quiere” o que aquí “cualquiera puede hacerse rico”, porque quieren que la gente esté pobre pero contenta, convencida de que es su propio error vivir en la pobreza y que nada puede hacer contra el sistema. Por ello, desde la educación refuerzan la diferenciación social por diversos mecanismos, tales como[v]:
La
privatización, allí donde el magisterio y los padres de familia se han
opuesto, no requiere obligatoriamente que el edificio e incluso los sueldo
docentes dejen de ser cubiertos por el Estado. Mediante mecanismos como
“Redes Amigas”, apadrinamiento de la escuela por una empresa u otras
afines, esa empresa que invierte se convierte en determinadora de lo que
sucede en el plantel escolar y mediante bonificaciones pretende poner a los
maestros a su servicio. De esta manera, ese espacio público llamado escuela
fiscal pasa a servir a propósitos de la empresa privada y eso es
privatización de su funcionamiento y finalidades. De manera disimulada,
aprovechándose del uso de recursos estatales, pero privatización en última
instancia.
La
base de este esquema sería un acuerdo equivalente al Consenso de Washington
establecido por los neoliberales[vi],
el que se repite como discurso y como práctica a través de las directrices
del Banco Mundial y otras instituciones financieras (FMI, BID, AID, etc.). Al
respecto, es interesante notar como en el período neoliberal, las
instituciones financieras, bancos y afines, reemplaza a instancias como UNESCO
en la definición de los parámetros educativos, reflejando así la total
subordinación de los sistemas educativos ante propuestas de desarrollo más
amplias y que, como hemos visto y sentido, solo traen dolor para los pueblos. “El
Consenso de Washington en Educación”, se presenta como el conjunto de
características comunes a las reformas propuestas por los neoliberales a la
educación de Latinoamérica: la crisis de calidad se la identifica como
crisis de “eficiencia, eficacia y productividad”, a ella se suma una
“crisis gerencial” y juntas serían la muestra de que “el Estado es
incapaz de brindar calidad educativa” porque la “masificación para
universalizar la educación trajo también la caída de su calidad”. La
solución está entonces en la “competencia” para la que requieren de la
descentralización y la privatización que lleve a la gente a “invertir en
la educación de sus hijos”. Un discurso que por repetido pega, pero que por
aplicado se lo puede negar como útil. La
educación vista desde el pueblo: un derecho opuesto a la propuesta
neoliberal. Cuando
ubicamos los resultados del neoliberalismo, de hecho estamos haciendo una crítica
a esta corriente. Pero aquí hay que tener presente que la crítica nos puede
llevar a propuestas de transformación educativa, e incluso económico-social,
que se queden en proponer un cambio del “modelo”. El neoliberalismo, no es
un sistema social, sino que es el instrumento por el cual la clase dominante
de un sistema social, el capitalismo, enfrentó su crisis general. Por tanto,
combatir tan solo al neoliberalismo es permitir que la raíz de los males
permanezca e irse por las ramas. La crítica al neoliberalismo, para ser
profunda, no puede buscar una careta diferente para el mismo sistema económico
en el que desarrollamos nuestra labor educativa, se llame esta keynesianismo,
neokeynesianismo, “tercera vía” o como se quiera. No se trata de un
“cambio de modelo” que solo nos llevaría a repetir el viejo sonseonete de
“cambiar algo para que todo siga igual”. A
nuestro entender, empujar una crítica al neoliberalismo y su expresión en
educación, debe estar ligada a una posición ideológica, política y
organizativa alternativa al sistema, que no sea funcional al mismo. Por eso,
para empezar, creemos que la calidad de la educación no es un tema de
evaluación sobre los resultados individuales medibles en si el estudiante accede o
no a un puesto de trabajo, es o no lo que el empresario deseaba, está listo
para moldearse a un mundo de injusticia o se lo considera desadaptado porque
demanda justicia social. Esa es la perspectiva de los neoliberales que juzgan
la eficacia educativa en función a si ésta responde o no a las necesidades
del mercado. Muy
al contrario, planteamos que para los sectores democráticos y populares, la
calidad de la educación debe ser entendida en cuanto ésta contribuye a una
transformación social, a generar ese mundo que anhelan los pueblos, en los
que la libertad y la justicia, el bienestar y el progreso, se repartan entre
todos. Esta es una perspectiva histórica y social de la calidad de la educación
que supera el inmediatismo e individualismo de la perspectiva neoliberal. Con
ella abrimos el debate sobre el para que de la educación y tomamos una opción
entre la respuesta de que ésta sirve para alimentar la empresa que requiere
de esos trabajadores, o la respuesta de que la educación tiene una misión
trascendente para transformar el mundo. No hace falta decir que es esta
segunda respuesta la que consideramos justa. Recordando
a José Carlos Mariátegui, sabemos que “en todas las conquistas de la
humanidad a los maestros les corresponde buena parte del mérito y de todas
las derrotas, buena parte de la responsabilidad”. Por eso, en los
“Lineamientos para transformar la Educación Ecuatoriana”, la UNE plantea[vii]: “La
Unión Nacional de Educadores sostiene que la educación ecuatoriana tiene
que responder a las necesidades de desarrollo de la sociedad en su conjunto,
un desarrollo concebido como un cambio sustancial que modifique las
instancias sociales y políticas de nuestro país y que siente las bases
para una sociedad nueva, verdaderamente democrática, participativa, con una
equitativa distribución de la riqueza, donde haya trabajo para todos, en la
cual los derechos a la salud, educación, vivienda, sean una realidad para
los doce millones de ecuatorianos”. En
esta perspectiva, la calidad educativa dejará de tener como base los
requerimientos de los empresarios y pasará a tener como base los
requerimientos de la sociedad. Este es el primer y fundamental paso para
hablar de una educación democrática. Significa
esto que a los pueblos, a los maestros y maestras, a padres y madres de
familia, a los estudiantes, nos corresponde ir delineando ese norte, porque
según sea la sociedad que nos proponemos construir, deberemos decir que
educación es la que requerimos y, también, cual es el docente que esa
educación demanda. Para
una educación democrática: vencer la matriz ideológica neoliberal. El
segundo paso pero simultáneo con el anterior para hablar de una educación
democrática, se presenta en el campo de las ideas. Los cambios propuestos y
aplicados por los neoliberales en la educación, tienen lógicamente un
sustento ideológico, que los justifica. El neoliberalismo ha reemplazado la
idea de igualdad de oportunidades, con el lenguaje de la eficiencia y los
costos; los principios, por el pragmatismo; el derecho a la educación, con el
elitismo. La educación es concebida como una empresa de producción,
como una mercancía que debe servir a un dudoso desarrollo[viii]. La
educación vista como empresa de producción, destaca la productividad
cuantitativa, la relación costo-egreso y la eficiencia económica. El
lenguaje empleado deja ver como se deja de lado el carácter humano de la
educación. Los padres, ahora son “clientes”; los niños dejaron de serlo
para convertirse en “materia prima” sobre la que el maestro trabajo como
“trabajador de la educación” para obtener al final “un producto” de
la “empresa educativa”. Los “insumos” educativos, la “calidad
total” son, entre otras expresiones, afirmaciones de un criterio sobre el
que se basará su propuesta de “gerencia” educativa, “competencia”,
“flexibilización laboral”, entre otras. Retornando
a las bases ideológicas, diremos que estas son el individualismo a ultranza
(posmoderno dirán algunos), y el pragmatismo que propicia el renunciamiento a
una actitud ética, a una defensa de una concepción de vida, y también que
impide un acercamiento científico a la realidad. Esta renuncia a asumir
principios de vida, de hecho significa adoptar el punto de vista impuesto para
las esferas de poder, articulando muchas veces de modo inconsciente con
principios y fines educativos igualmente impuestos. Una
educación democrática y alternativa, debe promover en los alumnos y en la
comunidad educativa en general una perspectiva de vida solidaria, comprometida
y libre de perjuicios. Por ello es que una educación que verdaderamente se
oriente a socializar valores humanos, es una educación que va contra la
corriente neoliberal. Y esa promoción no puede hacerse por medio de discursos
y sermones, sino por la vivencia de esos valores en el interior del plantel
educativo, lo que demanda que ajustemos desde el trato interpersonal, la
distribución de pupitres, hasta los contenidos de las asignaturas a un propósito
común y socialmente válido. El
punto de partida y donde se concretan estos valores, está en los Derechos
Humanos y la Convención sobre los Derechos del Niño, comprendiendo que los
derechos colectivos (de tercera generación) y los derechos económico
sociales (de segunda generación), están por encima de los derechos
individuales y aun más de la tergiversación al derecho a la propiedad que la
burguesía lo presenta como derecho a la propiedad que les permite a ellos
explotar y por tanto expropiar la propiedad de todos los demás. Vivir
los derechos significa, entre otras cosas, generar una participación auténtica
de todos los componentes de la comunidad educativa, respetar las diversidades
étnicas y raciales, luchar por la equidad de género, abrir espacio para el
debate y la libre expresión de alumnos y padres, fomentar la libre organización
de los integrantes de la comunidad educativa, comprometerse con los temas
sociales y la protección del ambiente, desarrollar la cultura nacional,
combatir el sometimiento extranjero, denunciar la injusticia y plantear las
salidas a los problemas populares. La
misma educación debe ser vista como un derecho que es consustancial al ser
humano y que no puede someterse a las reglas del mercado, ni tratarse como una
mercancía. En
suma, una educación democrática no es posible si nuestra base filosófica,
si nuestras concepciones ideológicas no rompen con las impuestas desde el
poder. Y hacerlo es más fácil si se basa en lo mejor de nuestra
idiosincrasia popular. En ese sentido es importante la propuesta de Pablo
Miranda[ix]
en torno a afirmar tres valores que potencian la identidad revolucionaria de
los trabajadores y los pueblos del Ecuador. Esos valores son los de libertad,
patria y solidaridad, los mismos que se expresan en la vida cotidiana y en la
acción social, y son banderas que deben ser promovidas en las instituciones
educativas. Nuevamente, valores significa acrecentar la corriente de cambio
social y educativo en nuestro país. Para
una educación democrática: universalización y calidad educativa para todos. Los
neoliberales, como hemos dicho, plantean falsamente que la ampliación de la
cobertura educativa trajo consigo la caída en la calidad de la educación. La
crisis educativa no se encuentra allí, o sino bastaría preguntarse porque el
mismo Banco Mundial reconoce que la educación cubana es la mejor, de lejos,
de las demás en latinoamérica. Y Cuba garantiza esa educación de calidad
para todos, entre otras causas porque no ha seguido las recetas del Banco
Mundial y del FMI, organismos a los que ni siquiera pertenece. La
crisis educativa realmente es parte de la crisis general del sistema, de allí
que se la viva también en los países capitalistas desarrollados. Por tanto
tiene otras causas que las conocemos bien y condiciones agravantes que han
sido acrecentadas por la aplicación del
neoliberalismo. Lo
cierto es que en el caso ecuatoriano, y podemos decir que en toda América
Latina, el objetivo de la educación pública, gratuita, laica y obligatoria,
nunca fue asumido realmente por el Estado. Esta fue una bandera de lucha de
los sectores populares que obligaron a la ampliación de la cobertura,
necesaria también para la oligarquía como complemento de los procesos de
reforma agraria y así incorporar a los campesinos al mercado en los años 60
y 70. El
argumento de los neoliberales sobre lo negativo de la cobertura educativa a la
que llaman “masificación”, está creado para justificar la existencia de
distintos tipos de educación, según sea la “capacidad de compra” del
“cliente” que solicita esa mercancía llamada servicio educativo. Para
ello, intencionalmente reducen los presupuestos para la educación pública,
desmerecen la labor de los maestros y plantean cambios que significan la
destrucción de sus derechos, al modo de la flexibilización laboral que
sufren los obreros fabriles. Así, atacan la estabilidad docentes, proponen
contratos anuales, ubican a los padres de familia como patrones, buscan
desarmar los sindicatos de maestros, excluyen a los maestros de la seguridad
social, eliminan subsidios de antigüedad. Y todo a nombre de una mejor
educación que nunca llega. Al
tratar este tema, entramos en el campo de batalla por el presupuesto
educativo. Varios organismos internacionales sostienen que como mínimo, un país
que desee desarrollarse habrá de entregar al menos 6% de su producto interno
bruto a la educación (en el caso ecuatoriano, es una cantidad similar al
mandato constitucional del 30%). Incluso el Banco Mundial reconoce que: “...
Comparada con otras inversiones, el rendimiento social de la educación es el
más elevado,... Cuatro años de escuela primaria pueden conducir a un aumento
de la productividad agrícola del 8 al 10%...”[x]
Sin embargo, los gobiernos latinoamericanos han priorizado el pago de la deuda
externa, a extremos de asfixiar a la educación. La salida, entonces, es
imponer a los padres de familia el pago de la educación y ello conduce
incluso a regresar a épocas superas con miles de niños sin acceso a la
educación. Para tener un
ejemplo, las autoridades del Ecuador reconocen cínicamente que este año 230
mil niños y niñas se retiraron este año de los planteles educativos. Una
educación democrática, no puede concebirse sino es para todos. Y no puede
ser tal, sino no es de calidad para todos. Entonces, complementemos el
significado de la calidad, porque desde la perspectiva de lo que ese niño, niña
o adolescente deben alcanzar tras el paso por las instituciones educativas,
esta: el aprender a ser, el aprender a hacer, el aprender a prender, el
aprender a convivir con los demás[xi]
con el compromiso de transformar la sociedad. Esto marca el tipo de metodologías
a emplear, las que requieren ser:
Didácticamente,
puede hacerse referencia a las siguientes sugerencias o técnicas:
Para
una educación democrática: romper las relaciones tradicionales de poder en
la escuela. La verticalidad e inequidad en las relaciones sociales genera una ideología autoritaria, la misma que se expresa también en las instituciones educativas. El autoritarismo se forma a partir de innumerables condicionamientos:
Todo
ello tiene graves consecuencias “El estudiante... se convierte así en un
ser para el maestro y no para su desarrollo personal”.[xiii] El
problema de la autoridad existe para todos nosotros. El desarrollo de unas vías
libres y democráticas de existencia, consiste esencialmente en renunciar a la
utilización autoritaria del
poder y en proporcionar alternativas viables. Es éste un problema al que
deben enfrentarse todas las instituciones o individuos dedicados a la enseñanza. Como
ya dijimos, las normas y rutinas rigurosas son uno de los alimentos del
autoritarismo. En clase, una vez establecidas la rutinas que permiten al
profesor controlar el espacio y el tiempo a su alrededor, el contenido o la
calidad de lo que estamos haciendo dejan de tener importancia. El desarrollo
democrático de las normas de convivencia en el aula, es fundamental para el
cultivo de la criticidad y una disciplina consiente. De lo que se trata
realmente es de trabajar la autoridad sin autoritarismo, un liderazgo democrático.
Una buena costumbre que deberíamos desarrollar los educadores es preguntarnos
el “por qué” de todas las reglas y conflictos que se puedan presentar en
clases. Vale recordad que Paulo Freire solía decir que la
disciplina es el equilibrio entre la autoridad y la libertad. “Lo
mejor que puede hacer la escuela
es ser un lugar en el que los jóvenes tengan la posibilidad de llegar a
conocer, con sus fuerzas y debilidades, preparándose para modificar una
sociedad que tiene tan pocos sentido. La clase no sólo separa a los jóvenes
de la sociedad. Los segrega también entre sí ”[xiv]. Todo
esto revela que en la escuela se viven varias paradojas:
En
la escuela, la finalidad de la participación no es solo organizativa sino
educativa, porque la tarea de participar es, en sí misma, enriquecedora. La
participación desarrolla la responsabilidad y la capacidad de dialogar, de
planificar, de aprender y de trabajar en grupo. La participación es un
elemento fundamental de la verdadera democracia. No hablemos de esa
“participación” que se desarrolla en la mal llamada autogestión
educativa, en la que al padre de familia se le impone participar (así de
contradictorio) y se lo hace para descargar en ellos la responsabilidad del
financiamiento educativo. Nos referimos a una participación plena, en
condiciones de iguales, en los procesos de toma de decisiones, para juntos,
padres, alumnos y maestros enfrentar las acciones sociales. El
rol del maestro cambia así hacia el de un líder comunitario, retomando el
ejemplo de los maestros revolucionarios de Latinoamérica, como Simón Rodríguez,
Aníbal Ponce, Paulo Freire y tantos otros. Para
una educación democrática: defender los derechos y la organización
independiente del magisterio. No
puede haber democracia si se la niega a los docentes. Los ataques a la
organización del magisterio por los gobiernos o los grupos de poder, los
intentos de destruir a las organizaciones de maestros que se comprometen con
la necesaria transformación social, los hemos vivido permanentemente y hoy
asumen forma de “flexibilización laboral” e incluso de un falso
“pluralismo” tras el que se esconden las garras neoliberales. Los maestros
y las maestras saben que sus conquistas han sido logradas cuando han contado
con la unidad suficiente para enfrentar luchas directas contra el poder,
cuando han contado con organizaciones sólidas y con direcciones consecuentes.
Esto es válido para toda América, de modo que el propósito de destruir a
los sindicatos o controlarlos desde los gobiernos neoliberales, va ligado al
objetivo de anular los derechos docentes. En el caso ecuatoriano, al menos
desde 1970 no existe ni una sola elevación salarial sin que la UNE haya
declarado previamente un paro de actividades, lo que nos ha convencido que
“la lucha es el camino”, como lo decimos con vigor en nuestros combates. Sabemos
bien que lo alcanzado es insuficiente para garantizar condiciones adecuadas y
dignas de trabajo para los docentes y de estudio para los alumnos, de modo que
defender las conquistas alcanzadas es parte de una lucha que se complementa
con la determinación de lograr nuevas victorias. Para ellas se precisa de una
más directa presencia política del magisterio en conjunto con los demás
sectores populares. Somos parte de la construcción de una nueva sociedad y
ello no es factible hacerlo encerrados en las cuatro paredes de aula escolar. Ante
esta realidad, desde el lado de los neoliberales se presentan otras opciones,
que por supuesto siempre niegan su raíz neoliberal. De allí que plantean
darle un “rostro humano” al modelo, aplicar un “neoestructuralismo” en
la economía, realizar los paquetes macroeconómicos con “preocupación”
social, etc. Todas ella suponen que la actitud humana es un hecho dado por sólo
ganar la voluntad de quienes gobiernan, encubriendo que esa voluntad se
sustenta en una posición social e ideológica. Tanto merito dan a esa
voluntad, que aunque suspendan su acusación al magisterio como responsable de
la crisis educativa, le acusan de no saber “vender” la idea de que la
educación es prioritaria, de no encontrar mecanismos “creativos” (lo que
significa alejados del camino de lucha) para financiar la educación, o más
acusaciones que terminan en lo mismo: el modelo es inocente, los culpables
somos sus víctimas. La
recuperación de la organización docente y de su presencia social, enmarca
las posibilidades de una acción conjunta a escala internacional cada vez
mayor, necesidad planteada para enfrentar al neoliberalismo o a la “tercer vía”
que desde las mismas raíces de origen se presenta hoy como alternativa. Sin
duda en este planteo faltan otros aspectos sobre la lucha contra el
neoliberalismo en educación . Vamos,
sin embargo, definiendo alternativas que no sean funcionales al sistema, sino
que lo alteren, que lo mellen. Una educación democrática, popular,
alternativa, no sólo debe ser lo contrario a la que es impulsada desde el
poder, sino también superior. La
construcción de esa educación, es tarea de la comunidad educativa,
construyendo nuevas relaciones entre
docentes, padres de familia y estudiantes. Este es el camino que debemos
transitar y la Red SEPA tiene un importante papel para ello, por eso la UNE
valora su trabajo y anhela su fortalecimiento. [i]
Texto basado en la ponencia presentada
por el autor en representación de la Unión Nacional de Educadores (UNE)
ante la Conferencia IDEA (Iniciativas Democráticas para la Educación en
las Américas), realizada en Quito en septiembre de 1999 por la Red Social
para la Educación Pública en las Américas - RED SEPA. [ii] BORON, Atilio A. , 1999. Réquiem
para el neoliberalismo. Ponencia
presentada al Encuentro “Globalización y Problemas del Desarrollo, La
Habana, Cuba. [iii] www.incommon.web.net Junio
2001. Putting poverty on the tarde agenda. [iv]
Idem. [v]
ISCH, Edgar,
1998. La globalización y los
retos para el sindicalismo docente.
Ponencia ante el XVI Congreso de la Confederación de Educadores de América
(CEA). Abril, 1998, Quito. [vi] GENTILI,
Pablo, 1998. “El Consenso de
Washington: la crisis de la educación en América Latina” en revista Horizonte
Sindical, número 10-11, IEESA,
octubre 1998, México. [vii] UNE,
1998. Lineamientos para
transformar la educación ecuatoriana.
Cuadernos del Educador número 11. [viii] ISCH, Edgar,
1992. ¿Eficiencia versus derecho a la educación?. Revista “Tiempo de
Educar” número 7. Cenaise, Quito. [ix] MIRANDA, Pablo,
2001. “Propuesta para el debate por el cambio”. Suplemento del periódico En Marcha, órgano central del PCMLE, número
1.104 de julio de 2001. [x] BANCO MUNDIAL,
Informe de la división de educación. En: CMOPE, línea
sindical y educativa Nro. 4, julio de
1990. Resumen de Marc-Alain Berberat. [xi] UNESCO,1996.
La educación encierra un
tesoro, infporme de la omisión elors
sobre la educación para el siglo XXI. Santillana - UNESCO. [xii] HOLT, John,
1997. El fracaso de la escuela. España,
pág. 24. [xiii] GUTIERREZ, Francisco.1985.
Educación como praxis política.
Siglo XXI editores, México. [xiv] Kohl,
Herbert R. Autoritarismo y libertad de enseñanza. Editorial Ariel, España, 1974.
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